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Socialistas de ayer y de hoy

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Una famosa frase atribuida al polifacético cineasta Peter Ustinov  dice: “Los padres son los huesos con los que los hijos afilan sus dientes”. Es una verdad inmemorial que los jóvenes no suelen aprender de los consejos de sus mayores, sino de sus propios errores.  Estas evidencias se pueden aplicar  a cualquier ámbito donde intervengan sucesiones generacionales, y los partidos políticos son uno de estos espacios donde existen integrantes pertenecientes a diferentes camadas. Pero aplicar tales evidencias a la política y asumir tranquilamente que ese fenómeno es ley de vida, tiene importantes riesgos: las equivocaciones de un partido en el gobierno no representan solo un simple tropiezo personal del cual aprender, pues pueden repercutir en el devenir irreversible de un país entero y en la vida de millones de personas.

Esto es serio y quien se dedica a la política tendría que  adquirir obligadamente mayor perspectiva y no exhibir esa mostrenca prepotencia de mandar callar a los viejos.  Los nuevos socialistas en España, los que se sientan a negociar (porque es signo de “normalidad democrática”) con una formación heredera del brazo político de ETA, no estuvieron en las capillas ardientes de Enrique Casas, Juan María Jáuregui, Ernest Lluch, Froilán Elespe, Juan Priede, Joseba Pagazaurtundúa, Isaías Carrasco, Fernando Múgica, Fernando Buesa y Vicente Gajate, todos ellos militantes socialistas asesinados con  tiros en la cabeza, crímenes que no ha condenado EH Bildu, por cierto. La ceguera imberbe de los nuevos socialistas les conduce a no concebir que a los viejos socialistas se les revuelvan las tripas.

El concepto de país de esos socialistas de ayer es considerado caduco por la nueva hornada, cuyos integrantes parecen olvidar el bagaje de sus antepasados, pues los viejos socialistas tuvieron que estar primero en la clandestinidad luchando ideológicamente contra la dictadura y después, desde el gobierno,  batirse el cobre con el terrorismo y con el golpismo. Tuvieron que consolidar la democracia, modernizar las obsoletas estructuras productivas, conseguir la integración en la Comunidad Europea, corregir una inflación del 15%, descentralizar el Estado y desarrollar leyes para alcanzar una sociedad más justa e igualitaria con la universalización de la sanidad, la educación y las pensiones. Quien manda callar a los viejos debería estar al menos equiparado en logros y no a años luz de los mismos.

Estos nuevos socialistas -o muchos de ellos- nacieron ya en las vacas gordas de la libertad gracias a los viejos; ven “normales” las  crecientes concesiones a los separatistas, aun a costa de anular la esencia unitaria del país que recibieron. No parece importarles sacrificar el castellano como lengua vehicular ni retirar al ejército de ciertos territorios como requisito de obligado cumplimiento para obtener unos pocos votos en el Congreso y mantenerse en la pomada. La personalidad histórica se su partido se ha diluido en el gobierno de coalición hasta el punto de que el futuro tan solo equivale a “su” legislatura.

Pero  ojo, porque esto podría romperse otra vez. Los viejos socialistas ya les han dicho que el partido no es de quien gobierna ahora. Han pasado 140 años desde aquella reunión fundacional en la madrileña Casa Labra. El partido es de los militantes, simpatizantes y, sobre todo, votantes. Y un votante engañado es lo peor para un partido. Pájaro viejo no entra en jaula. Puede que el tiempo de esos viejos socialistas haya pasado, como dice con cierta altivez Adriana Lastra, pero mucho me temo que el de los nuevos también pueda estar agotándose prematuramente al olvidar esa silenciosa “tercera España” que quiere escapar del los versos de Machado.

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