San Jenaro o la fuerza del sino

La sangre de San Jenaro no se ha licuado el pasado 16 de diciembre, y esto para los napolitanos es signo de mal fario, pues ya pasó en vísperas de guerras, terremotos y erupciones del Vesubio; el año que viene, por tanto, hay que prepararse para algún desastre mayor que la actual pandemia, porque además hay quien cree en un castigo adicional por la herejía que supone haber cambiado el nombre del estadio de San Paolo por Diego Maradona, que también se venera en la ciudad italiana casi con tanta fe que el mártir.

Está visto que tenemos una necesidad ineludible de creer en cosas sobrenaturales, y no me refiero solo a las religiones. A mí no me tocó el otro día la lotería y lo más probable es que a usted tampoco, a pesar de que todos hayamos albergado alguna secreta esperanza (no sustentada en el frío cálculo de probabilidad), nos hayamos fijado en  números “bonitos”,  hayamos rezado a San Pancracio o pasado el décimo por la chepa de alguien cargado de hombros. Parece como si el curso  de los acontecimientos necesitara imperiosamente ser explicado en base a roturas de espejos, gatos negros, pies derechos o reliquias de santos, cuando es mucho más provechoso estudiar las contingencias que no se deban por completo al azar para ver si la razón puede influir en alguna medida en que los sucesos de la vida tengan mejor pronóstico. De nada sirven todos los buenos deseos en distintos formatos de los que estos días se llenan las redes sociales si los hombres no ponen de su parte para que los mismos se cumplan. Hay eventos impredecibles, claro que sí, pero gran parte de las cosas no pasan solo por azar. Por ejemplo, la pandemia se está recrudeciendo en las últimas semanas, y esto no solo culpa del destino ni de ningún conjuro, sino en buena medida porque no cumplimos suficientemente con nuestras responsabilidades, por mucha salud que deseemos en esos mensajes navideños.

Las supersticiones, asentadas de manera irracional en el ser humano desde antiguo y no fundamentadas en la razón, generalmente están basadas en creencias populares estrechamente relacionadas con el pensamiento mágico y con la religión. Encomendarse a San Judas Tadeo para tener éxito en un examen puede ser más cómodo que estudiar durante nueve horas diarias. Estamos de acuerdo. Y esto no solo sucede en población de cultura mejorable: conocí a un titulado superior que creía acérrimamente en los horóscopos, para quien no parecía tener validez la famosa frase de Voltaire  “La superstición es a la religión lo que la astrología es a la astronomía, la hija loca de una madre cuerda”.

Hoy quiero desearles muy especialmente que pasen unos dichosos días en familia, a ser posible sin salir mucho a la calle, y que esa felicidad no dependa tanto de la suerte, de hechizos o más rituales que su propia y sincera voluntad de conseguirla. Créanme, esa felicidad intencional (y por tanto también la salud) está en nuestras manos más de lo que creemos. Así pues, Feliz Navidad.

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