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Para alguien que durante toda su vida ha ejercido el lado bueno y victorioso del “sueño americano” no debe resultar fácil un batacazo que te haga despertar amargamente de ese sueño. Pero el batacazo de Donald Trump se empezó a gestar realmente hace cuatro años, el mismo día de su designación como presidente de los Estados Unidos. Porque el país más poderoso de la Tierra no eligió a un experimentado político ni a un experto en relaciones internacionales ni a un orador moderado y conciliador, que es lo que necesita un país tan diverso cono aquel. Eligió a un empresario rudo que hasta ese momento solo sabía ganar dinero y atesorar poder; y Trump se tomó el cargo como el culmen de su escalada personal, la satisfacción final de sus ansias, la verdadera cima. Llegó a la cumbre de su autorrealización, según la pirámide de Abraham Maslow.

El mandato de Donald Trump ha dividido y polarizado a su país, ha dado alas a la intolerancia y la xenofobia, ha despertado al latente racismo y ha funcionado como espejo donde se han mirado todos los populismos del orbe. Con él en la Casa Blanca se han abandonado los consensos internacionales, como los acuerdos sobre el clima; se ha debilitado la OTAN, se ha iniciado una guerra arancelaria, abandonado la OMS y se ha abdicado de actuar contra la pandemia. Por eso mismo el batacazo de todo un país empezó también aquel preciso día, donde se comenzaron a diluir como azucarillos todos los clichés proyectados durante décadas desde los platós de Hollywood. Y ha terminado en el espectáculo bananero de los recuentos electorales, que todavía no han finalizado.

La pregunta que se está haciendo todo el mundo es: ¿aceptará Trump su derrota? Depende mucho de sus consejeros y asesores. Ha desechado una gran oportunidad de marcharse con elegancia, con esa dignidad borgiana que equiparaba algunas derrotas con victorias (es el segundo candidato más votado de la historia de EEUU). Perder también necesita un aprendizaje que nunca ha ejercitado, así que si por él fuera, no la aceptaría nunca, la palabra derrota no está en su ideario ni en su diccionario. Las derrotas normalmente indican que se puede hacer mejor en el futuro, pero su segunda oportunidad se ha esfumado para siempre (salvo que dentro de cuatro años los estadounidenses dieran otra perturbadora muestra de desvarío con una hipotética reelección). Donald Trump, por naturaleza, es incapaz de pasar página y reconocer que la impotencia, la frustración y la ira que ahora siente son producto de su propia derrota, y esas emociones lo seguirán dominando. En definitiva, asumir que se han cometido graves errores sería esperable de cualquier persona, salvo de aquellas que consideran siempre que la culpabilidad de su derrota es exógena. El mismo Trump ha dicho alguna vez, parafraseando a Bruce Lee, que “la derrota es un estado mental. Estás derrotado sólo cuando aceptas la derrota y asumes la mentalidad desesperanzada de una persona derrotada”. Y él no tiene experiencia en aceptar esas eventualidades.

Donald Trump ha sido para todo el mundo como esas pesadillas vívidas y realistas que dejan al despertarnos todavía un regusto de desazón que dura parte del día. Su efecto va a tardar en desaparecer. El tándem Biden-Harris tiene un papelón. Que Dios los ilumine.

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