Nostalgia de la masa

0
125

No hay mal que por bien no venga. Llevamos  meses en los que no han muerto aplastados espectadores en ningún campo de fútbol, como ocurrió en la tragedia televisada del estadio Heysel  donde murieron 39 aficionados. No ha habido estampidas en la peregrinación a La Meca, donde en 1990 murieron 1400 personas. Ni tampoco han fallecido adolescentes en ningún macro concierto, como aquel Love Parade de Duisburg, donde en 2010 perecieron 21 jóvenes. Está claro que si se guarda la distancia de dos metros con respecto a los demás congéneres hay escasas posibilidades de que se produzcan accidentes mortales por alguno de los motivos citados, con la excepción de los migrantes que se hacinan en las pateras, para quienes no rige distancia de seguridad alguna, para su desgracia.

Pero, claro, la humanidad no está hecha para pandemias ni normas de aislamiento de obligado cumplimiento; y como humanos que somos, con esa irresistible tendencia natural al gregarismo de especie,  añoramos la masa, ya sea la multitud vociferante en un estadio, o la asistencia a eventos masivos musicales para mimetizarnos en la marchosa muchedumbre. “Semos asina”, que diría Chamizo. Los confinamientos, las cortapisas a la movilidad, los aforos limitados y las distancias entre personas resultan frustrantes y generan  rechazo porque van directamente en contra de una propensión filogenética, esa búsqueda natural de compañía en cuanto mayor número mejor. Por el contrario las personas huidizas y solitarias seguro que no perciben estas limitaciones como un problema.

La razón última de que existan, por ejemplo,  fiestas  clandestinas no es realmente el consumo de alcohol, como se suele decir, pues cada uno podría tomarse en su casa los cubatas que quisiera. Es la necesidad perentoria de participar de un comportamiento grupal (donde el alcohol  actúa de catalizador), conducta que a menudo es diferente a la que mostrarían sus integrantes  individualmente, fenómeno más acusado en la adolescencia. Amén de otros trastornos psicopatológicos ocasionados por la pandemia, ciertas depresiones y ansiedades  que  se empiezan a ver en las consultas de los psicólogos tienen bastante que ver con este truncado anhelo de compañía masiva. Observo un curioso contrasentido: la sociedad actual ha sido reiteradamente calificada de individualista. Parecería como si ese súper individualismo que generan los modos de vida actuales no pudiera zafarse  de la irresistible tendencia del ser humano a ese  gregarismo de especie que citaba. O puede que lo que suc3da realmente es que ese individualismo que nos domina sea también contra natura y en el fondo sigue imperando ese impulso natural de olvidar por unas horas las diferencias individuales, aflorando la búsqueda frenética de la igualdad y el anonimato. Porque nos sentimos cómodos cuando es el grupo y la masa quien decide colectivamente.

Los engranajes tanto de la economía como de la convivencia  están hechos para grupos  de personas en muchos casos numerosos, sin más distancia entre ellas que la de evitar el roce, a veces ni eso. Y esto ocurre desde el Rastro al Corte Inglés, o desde un estadio a una discoteca. Aunque haya irrumpido con fuerza el “streaming” para seguir eventos virtualmente y a distancia, olvidémonos de una convivencia on line, que aunque se ha potenciado con las redes sociales, estas no dejan de ser un simple sucedáneo de lo que siempre nos pedirán los genes.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí