Mara

dav

Mara camina ligera;
tiene unas piernas potentes,
bonitas y resistentes,
pero no es mi compañera.
Mara, que no, no se entera,
es un poco regordeta,
bajita, culona. Quieta
nunca está, se mueve. Mueve
las caderas, me remueve,
pero no soy yo su meta.
Mara me mira distante,
y yo le miro los senos,
pequeños aunque rellenos,
pero no soy muy constante,
sólo es cosa de un instante:
Mara piensa que soy viejo.
Yo a mí mismo me aconsejo
no cavilar demasiado.
Sobre un amor no esperado,
ni expectativa manejo.
Mara, que es buena mujer,
sabe de mi soltería.
Intuye lo que yo haría,
sabe bien lo que ha de hacer,
y me debe convencer,
a mí, de que si algo intento…
No como animal hambriento
debo portarme, nada de eso;
no como un patán poseso,
sino… amor, Mara, qué siento.
Mara a veces me consuela
con sobras del corazón,
con escombros de una unión,
con minutos de desvela.
Entonces yo arrío la vela,
me calmo, pienso que, bueno,
que así vale, que así ceno
por las noches un poquito.
Que no me dé finiquito,
Mara, no, que no, que peno.

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