2.6 C
Madrid
martes, enero 19, 2021

Las dos caras del destino

Más leídos

Jonathan y Nakany son nombres ficticios, no así la esencia de los hechos relatados. Jonathan es un joven  de 22 años, estudiante de ingeniería, de padres profesionales bien situados. Nunca le ha faltado un teléfono móvil de última generación ni 50 euros en el bolsillo. Se reúne con la peña ya desde el “juernes”, pues hace tiempo que para ellos el viernes pertenece al fin de semana. Últimamente la cosa anda mal, pues el cierre de la hostelería y el toque de queda nocturno les aboca a hacer sus botellones en los pisos de estudiantes, con el riesgo de que algún vecino los denuncie. No hay derecho. Los wasaps echan humo y al final se decantan para este finde por un chalet más alejado en las afueras; junto con la “priva” y la “china” para los canutos debe llevar cada uno 20 euros para pagar a escote la posible multa.

Nakany también tiene 22 años. Pero el destino quiso que naciera en Guinea-Conakri, donde la mayoría de la  población vive bajo el umbral de la pobreza. Nakany ha podido estudiar secundaria y matricularse en un centro de idiomas. Por eso, con los ojos más abiertos al mundo que el resto de sus compatriotas, sabe bien qué futuro le espera en su país, asolado por la corrupción y la miseria. También sabe cuál es la única forma de salir de allí. Reúne sus ahorros y se encamina con su bebé, por la ruta más segura que encuentra, cruzando Mauritania, Mali y Argelia, hacia las costas del norte, después de sufrir vejaciones. Allí contacta con las mafias encargadas del transporte marítimo y embarca con su hijito Joseph camino del paraíso de Occidente. No importa que allí haya ahora pandemia ni recalar en centros de refugiados ni sufrir segregación racial, siempre será mejor que quedarse en Guinea.

Los gritos desgarradores de Nakany buscando a su bebé ahogado en medio del Mediterráneo se entremezclan en mi desordenada cabeza con el vocerío y las estridentes risas que hay en el chalet de Jonathan, donde, ya colocados, planifican la fiesta del siguiente finde. Sin pretender caer en una demagogia fácil ni criminalizar a ningún colectivo,  hoy solo quiero poner de manifiesto que nuestra suerte, la de cualquier mortal, depende de la moneda al aire del destino. El azar quiso que a nosotros, a usted y a mí, nos saliera cara. Pero a gran parte de la humanidad les salió cruz.  Pensemos en ello, porque hemos criado una dura corteza en el entendimiento que nos hace absolutamente insensibles al sufrimiento ajeno. Ya ni siquiera sabiendo que no estamos a salvo de nada: ahora una catástrofe sanitaria (que siempre fue cosa de pobres) nos ha tocado de lleno. Ni por esas. Dicen que los anuncios crudos y sangrientos sobre los accidentes de tráfico dieron resultado. Deberíamos desayunar con la imagen de los rostros de cuencas vacías de todos los miles de migrantes ahogados, a ver si nos dejaba de preocupar tanto que cierren los bares. Pero me temo que Jonathan y la peña (y muchos no tan jóvenes) seguirían pasando del tema.

 

- Publicidad -

Más artículos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Publicidad -

Últimos artículos

Ir a la barra de herramientas