Diez Minutos “Con mi Silencio, te lo digo todo”

Este artículo tiene dos partes: la segunda se escribió treinta a​ños después. Puede que mantenga el mismo espíritu la segunda de la primera. Y puede que traiga a mis lectores las reminiscencias de su niñez, esa niñez que siempre llevamos en lo más íntimo de nuestro corazón.

Lenta, majestuosamente, como pura creación artística saliendo sorprendentemente de la nada, la pequeña catedral filigrana, la custodia de Arfe, cegó con su brillo de oro todas las miradas, centrándolas en la blanca Hostia, en el centro mismo de la custodia, imponiendo su silenciosa presencia, su misterio de siglos, con la humildad del pan bueno puesto sobre la mesa de los pobres, transformada, con delicadeza y por delicadeza, la basta forma del pan, en oblea, círculo simbólico de lo infinito y eterno porque  no tiene ni fin ni principio. Fácil de deglutir, sin masticar, diferenciándolo, así, de la sola materialidad del otro pan.
El silencio siguió a los cantos, los saludos, las exclamaciones de alegría, la agitación ruidosa de las pancartas y banderas, la imponente algarabía juvenil, incontenible, antes, y ahora, de pronto, nada.
Nada por fuera. A través del tiempo y del espacio, como un eco de la eternidad insondable, la fe trasciende lo humano, lo material, y un impulso de amor y adoración une todos los corazones, todas las almas juveniles de esos dos millones anhelantes que intentan descubrir en esa inmaculada Hostia la imagen adorada de Jesús de Nazaret.
Jesús Eucaristía. Dios-hombre. Humano y cercano. Íntimo hasta penetrar lo más íntimo de nuestra esencia. El Pan de los pobres. Porque somos pobres, necesitados de amor, de paz, de justicia, de perdón, de alegría…
Dios es Amor. Ese misterio nos contempla y nosotros contemplamos ese misterio que trasciende toda lógica. Como el amor. Si el hombre hace locuras por el amor ¿qué locura no será capaz de hacer el amor de un Dios Todopoderoso?”
Todo un Dios, Jesús, convertido en Pan y Vino para comerlo y convertirnos y divinizarnos, a la inversa del pan que se convierte en nuestra sustancia.
Diez eternos minutos de silencio. Adorando el Pan. Una locura. ¿Dos millones de locos? ¿Y los otros miles de millones que creen y hacen lo mismo? Sabios, ignorantes, pobres y ricos, viejos y niños, hombres y mujeres, enfermos y sanos. Europeos, asiáticos, americanos, africanos…
¿Cómo es posible?
A veces, en la vida social y política, se pide un minuto de silencio ¿Para qué? ¿Para protestar ? ¿Para solidarizarse? ¿Por rabia contenida?
Aquí dos millones de silencios hablan a gritos. El bullicio y la alegría, los cantos y exclamaciones, han tomado la forma de un silencio de adoración y amor, de entrega total, porque con sola su presencia están diciendo lo que un hijo mío, pequeño, que acababa de comulgar, dijo a Jesús: “Señor, con mi silencio, te lo digo todo”. Estaba de rodillas, como los silenciosos de Cuatro Vientos delante  de Jesús en la custodia de Arfe.

Han pasado treinta años. Su hijo, de siete años, había salido de fábrica indestructible como el robot de sus juegos. Rabo de lagartija. Sube y baja el monte, en equilibrio sobre riscos y peñas, como una cabra montesa. De pronto, se para y dice. “Voy a hablar con Dios”. Se sienta, cierra los ojos, las manos quietas. Tres minutos de silencio. Tres largos, eternos minutos. Sabe Dios lo que le está diciendo a Dios. Piensa su padre, que conoce de lo que es capaz. Los pájaros y el viento también se han callado. La paz del momento apenas la altera el lejano ruido de la ciudad.
Su padre lo mira y no se lo cree. Esta imagen le trae otra de su infancia diciendo, de rodillas y en silencio, a Jesús, al recibirlo: “Con mi silencio te lo digo todo”. Sabe, emocionadísimo, que estas dos imágenes le acompañarán como testigos de su inocencia ante Jesús hasta el último día de su vida. Dejó al niño en su silencio, recordando: “Dejad que los niños se acerquen a Mí. Si no os hacéis como ellos, no entraréis en el cielo”.

UN  MUNDO  DE  HOMBRES  NIÑOS

Cierra, ahora, los ojos, si quieres seguirme, por unos momentos. Y sueña. Vamos a conquistar la infancia del espíritu y a recuperar la inocencia perdida. Olvida, en estos momentos, el mundo de los adultos que nos rodea. Sube a la máquina del tiempo y regresa, conmigo, a los años de tu niñez. Trae a tu loca y maravillosa imaginación tus recuerdos, tus vivencias infantiles.
Haz realidad virtual las fantasías, los anhelos ocultos y las añoranzas de ese tiempo feliz; lo que eras capaz de decir, de cantar, de soñar, esa locura gloriosa a la que quisieras volver. Atrévete a soñar, a imaginar, a pensar, con Demis Roussos:

“Piensa en los caballos de un tío-vivo
galopando alrededor del sol.
Imagina un mundo de hombres niños
bajo nubes altas de algodón.
Piensa en una escuela al aire libre
donde sólo enseñan a jugar,
con el cielo azul como pupitres
con todo el tiempo para cantar.”

Soñabas ser un héroe, cambiar el mundo. Eras Supermán, el Capitán Trueno, el Guerrero del Antifaz, Tarzán y el Hombre Enmascarado. ¡Inocencia bendita y feliz! ¡Tu adorable ingenuidad y tu alegría de vivir eran un canto y desafío al mundo de los adultos!.
Ese mundo se ha vuelto sordo, ciego y mudo. Ha perdido la inocencia y la infancia de espíritu. Es triste, serio, realista, cobarde. Tú, en tus guerras infantiles, usabas un juguete como arma. El, hasta en manos de niños, usa un arma como  juguete.
Recupera tu inocencia, tu infancia de espíritu. Sin miedo, sin avergonzarte. Desafía al adulto que hay en ti y a todos los adultos del mundo. Todavía puedes ser un héroe. Puede que algunos sordos te oigan .Puede que algunos quieran ser de ese mundo de hombres niños.

“ Canta un canto al mundo,
que todos oigan al despertar.
Canta. Si pones alma,
hasta los sordos te escucharán.
Canta un canto al mundo,
porque cantando cambiará tal vez.
Canta un canto puro
como los sueños de tu niñez.

Piensa en liberar a ese genio bueno que hay en ti. A esa voluntad de ser “como un niño” y al que nadie podrá destruir; que te hace sonreír y arrancar sonrisas, tener amigos desinteresados y jugar con un ratón, un pájaro o un pez.

“Piensa en liberar a un genio bueno
al que nadie puede destruir.
Piensa en un país de caramelo
hecho sólo para sonreír.
Piensa en conversar con tus amigos,
el ratón, el pájaro y el pez.
Imagina un mundo de hombres niños
que no anden nunca por interés.

En el poema “La Pedrada”, Gabriel y Galán narra que un niño, al paso de un trono con Jesús atado y un sayón amenazante con un látigo, lanzó una piedra contra el verdugo del látigo, con una honda, arrancándole la cabeza de cartón. La gente le gritó: ¡¿Por qué haces eso? Y él también gritó: ¡Porque le pegan sin motivo! Y termina el verso:
“Hoy que por el mundo voy,
viendo a Jesús padecer,
preguntándome estoy:
¿Son los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?

Antonio Serrano Santos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí