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Siempre es arriesgado jugar a futurólogo, pero a mi modo de ver, el desenlace de la pandemia que padecemos desde hace unos meses pudiera tener dos formas principales de tomar cuerpo, cada una de las cuales acarrearía sus propias consecuencias. A saber:

Uno. Una prolongada e irregular erradicación. La capacidad técnica y científica actual se está demostrando inoperante para desarrollar tratamientos eficaces en quien enferma de Covid19. Sabemos que la puesta en acción de esos tratamientos es lenta y requiere unos procesos y fases de experimentación imposibles de acelerar sin cumplir los protocolos. Puede entenderse perfectamente que nos sorprendiera la primera oleada con un virus nuevo, sin infraestructuras sanitarias suficientes para el rápido avance de la enfermedad. Pero la segunda oleada está demostrando que, a pesar de que ya ha dado tiempo a parapetarse con más medios (equipos de protección, pruebas de diagnóstico, rastreo), la virulencia de la pandemia no remitirá hasta que haya una vacuna eficaz. Lo único que funciona de momento es quedarse en casa, y eso sabemos que no puede volver a repetirse drásticamente. Ya estamos en fase de asumir muertos, un coste obsceno y peligroso. La carrera internacional por la vacuna aún durará y puede pasar más de un año  hasta que esté disponible en dosis suficientes para miles de millones de personas, y eso suponiendo que el porcentaje de eficacia sea asumible. Estamos altamente expuestos a sucesivas oleadas. La consecuencia será a medio plazo una sociedad hipercansada que ya se percibe, una tensión política creciente y una economía ya adentrándose en una crisis mastodóntica que tardaría más de una década en recuperar el pulso. Y ya sabemos en qué consiste eso: empobrecimiento de capas desfavorecidas y aumento de la desigualdad.

Dos. La epidemia más mortífera de la historia, la gripe de 1918, se erradicó igual que apareció. Entonces ni había vacunas ni laboratorios de contención biológica ni hospitales equipados ni industria farmacéutica avanzada. Y se acabó, eso sí, dejando una letal estela. Con el coronavirus puede pasar lo mismo, con la ayuda de los medios técnicos y científicos que sí existen ya. Puede que la población realmente afectada sea mucho mayor de la que se cree, con lo que contaríamos con una inmunización “de rebaño” no buscada. O puede aparecer relativamente pronto un remedio médico prodigioso –vacuna o tratamiento, o ambos- no previsto en los tempos habituales de experimentación científica. Una vez certificada la ausencia del virus a nivel global, y aunque se mantendría una lógica prevención, en este caso la consecuencia sería la anulación de las restricciones a la movilidad, que es la esencia de nuestro comportamiento social. Miremos a China. Los viajes retomarían un auge inusitado, las reservas hoteleras se colapsarían, habría largas listas de espera en restaurantes para comidas y cenas de reencuentro para celebrar la “verdadera normalidad”. Nos comportaríamos como muelles libres de una presión prolongada. Sería el fin definitivo de los ERTES y el impulso galopante del empleo. La actividad económica retomaría en pocos meses su senda a gran velocidad, disparándose las bolsas internacionales por la constatación de la ansiada recuperación en “V”. La pesadilla habría pasado.

No imagino coyunturas intermedias. Dejo a su criterio por qué escenario decantarse en función de que la botella de cada uno deje el vaso medio lleno o medio vacío. Ya me dirán.

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